viernes 27 de noviembre de 2009

Buscando la Pintura, encontré la Poesía


Enredada entre pinceles y colores, vuelvo a pintar para dar sentido a este blog llamado Iconos Medievales. Hay semanas en las que sueño con letras y otras en las que los colores me acompañan en el descanso. Ahora, que por fin el invierno ha llegado, es tiempo de cadmios, ultramares, verdes antiguos y negros profundos; es tiempo de dragones, de batallas que hicieron historia y de desembarcos que sembraron la orilla de cadáveres, aunque el pintor olvidara pintarlos. Ahora es tiempo de cenefas, requiebros, y torturas para el iris. Es tiempo de colores.

Y en este vaivén, en el que aproveché para hacerle un guiño con lágrima al desengaño, me viene a la cabeza un Alberti pintor/poeta o poeta/pintor que conjugó literatura y pintura con la inocencia de un niño y la perfección de una esfera.

El catedrático de Literatura José Carlos Mainer, en un artículo publicado por el diario El País hace casi ya tres años bajo el título “Pinturas a pluma, poesías a pincel” , hace un repaso breve pero denso por algunos de aquellos escritores que rimaron los colores, que traspasaron la dimensión literaria para ahondar en el volumen de las figuras pintadas. Comienza Mainer su paseo por la gran pinacoteca con Manuel Machado, aquel de los poetas modernistas que también destacó por sus trabajos dedicados a grandes cuadros de grandes maestros.
Dice Mainer que a los modernistas les encantaba la écfrasis, nombre griego que designa la descripción literaria de una obra plástica. Canta Machado la écfrasis de “La Anunciación”, de Fray Angélico, de la siguiente manera:
La campanada blanca de maitines
al seráfico artista ha despertado,
y, al ponerse a pintar, tiene a su lado
un coro de rosados querubines.

Y ellos le enseñan cómo se ilumina
la frente, y las mejillas ideales
de María, los ojos virginales,
la mano transparente y ambarina.

Y el candor le presentan de sus alas
para que copie su infantil blancura
en las alas del ángel celestial,
que, ataviado de perlinas galas
fecunda el seno de la Virgen pura,
como el rayo del sol por el cristal.

Recuerda también Mainer a José Ortega y Gasset, con el ensayo “Tres cuadros del vino”, en el que disecciona óleos de Tiziano, Poussin y Velázquez, continúa con Eugenio d´Ors y su “Tres horas en el Museo del Prado” y remata el jugoso artículo con el pintor/poeta o poeta/pintor gaditano, Rafael Alberti. Copio a Mainer: “Para Rafael Alberti, nuestro último visitante, el museo se presenta ya como un gozoso ataque de builimia. No cabe leer sin conmoverse aquella introducción, '1917', que ofrece la edición de 1948 de A la pintura (poema del color y de la línea) (que en 1944 tuvo su primera salida): "Mi adolescencia: la locura / por una caja de pintura", exclama antes de confesar "la sorprendente, agónica, desvelada alegría / de buscar la Pintura y hallar la Poesía", frase que pido prestada para titular estas líneas.

A cientos de años luz de mis posibilidades pictóricas y literarias quedaron los versos y las palomas de Alberti, los caligramas de Apollinaire, las cadencias y mujeres de fuego de Luis Eduardo Aute y de otros que quedaron nublados en mi recuerdo. Pero, a pesar de la distancia de los astros con la tierra, ahora pienso -o deseo- que en la búsqueda de la pintura, he de hallar la poesía. Y en ese camino, me vuelvo a enredar entre pinceles y colores, pintando palabras, escribiendo azules…

viernes 20 de noviembre de 2009

Hacia delante, sin opción


Para comenzar esta historia utilizo una de las frases que la poetisa Tess Gallagher le dijo a su compañero y novelista Raymond Carver en uno de los difíciles momentos de su vida en común y que es citada en el libro “Carver y yo”, editado por Bartleby. “Hacia delante, sin opción” escribió Tess sobre el autor de “Catedral”, una breve frase de hondo contenido que también pudo ser el lema que Cristina de Pizán se aplicó a una existencia plagada de contratiempos y desgracias, hasta llegar a convertirse en la primera escritora profesional de la Historia.

Gracias a ello, Cristina pudo mantener a su familia en una sociedad, la del siglo XIV, no demasiado acostumbrada a que una mujer se ganara el sustento con las palabras. Hija de un médico astrólogo veneciano, Tomás Bienvenido de Pizán, Cristina vivió en Bolonia y París, donde gracias a su padre, recibió una educación elevada como la que se daba a los varones a pesar de la insistente oposición materna, que sólo la veía como buena esposa más que como buena esposa e intelectual.

Pronto destacó como poetisa innovadora, una creatividad que tuvo que compaginar con el matrimonio que contrajo a la edad de quince años con Etienne de Castel, cortesano notario que llegó a ser secretario real, con el que tuvo tres hijos. Pero esta feliz existencia comenzó a complicarse tras la caída en picado del reconocimiento social y económico de su padre, que antes de fallecer dejó a la familia Pizán en una situación de pobreza y deudas. Los dos hermanos varones regresaron a Italia y la madre quedó al cargo de Cristina.

Como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, murió también el esposo de Cristina, y la mujer, sola, tuvo que hacerle frente a todo. En este periodo parió un poema intimista y un escrito en el que reclamaba a los príncipes atención a las viudas de Francia. Cristina pasó, como ella mismo dijo, a ser “un hombre que debía aceptar la responsabilidad de un hombre en un mundo de hombres”.

Yo soy un hombre –escribió- no oculto esta realidad, usted puede decir cómo ocultarlo y si yo era antes una mujer, (pues bien) es una realidad y no hay más que hablar, parece que he sido recreada, transformada de mujer a hombre y por ello creo que el título de esta composición debe ser La Mutación de la Fortuna”.

Cristina acepta su destino y comienza a escribir poemas repletos de soledad, muerte, dolor, oscuridad y denuncia social de la situación de las mujeres. Es, por tanto, la primera escritora profesional y feminista. Después de cuatro años de versos, comienza a escribir en prosa y a cobrar por sus trabajos literarios, lo que no era muy bien visto, una opinión social que no le importó demasiado. "Si las mujeres hubiesen escrito libros, seguramente todo habría sido diferente", afirmó en un momento de su vida. Hacia delante, sin opciones.


domingo 15 de noviembre de 2009

La primera periodista sajona medieval



Hrotsvit es considerada la primera poetisa sajona y -aquí voy a arriesgar quizá por corporativismo profesional y de género- seguramente la primera “periodista” de la Edad Media. Allá por el siglo X el español Pelagio fue martirizado en Córdoba y este hecho luctuoso llamó la atención de la inquieta Hrotsvit, que quiso narrar con tanto detalle y precisión lo que había sucedido que no dudó en preguntar pelos y señales del suplicio al embajador del califa ante la corte del emperador alemán Otón I, pues el diplomático árabe había sido testigo directo de la tortura. De aquel encuentro surgió un relato cargado de realismo “informativo”. Quizá sin darse cuenta, la noble y culta canonesa de la abadía de Gandersheim inauguró un género que tardaría todavía unos cientos de años en consolidarse como tal: la entrevista periodística.

Era canonesa y no monja porque, aunque vivía entre muros monacales, Hrotsvit no guardó los votos solemnes, al menos, no el de pobreza. En aquellos años, los monasterios eran casi los únicos lugares donde las mujeres podían acceder a la cultura, una condición que invitaba al ingreso de las féminas con ciertas inquietudes intelectuales. Es más, en tiempos de esta sajona la abadía de Gardesheim no estaba gobernada por señores feudales ni obispos, sino que se hallaba bajo el control del emperador Otón I, cuyo imperio vivió en ese momento su máximo esplendor.

Historiadora, narradora, poetisa o periodista, la pluma de Hrotsvit debió ser infatigable: dos poemas épicos sobre las gestas imperiales, tres trabajos laudatorios, un estudio sobre la abadía en la que vivió, leyendas, prefacios, entremeses, notas sobre sus maestros, apuntes sobre sus fuentes de inspiración y centenares de líneas dedicadas a los burdeles, las prostitutas y su redención. Este trabajo, explican quienes lo han estudiado, está relatado con tanto detalle que debió provocar al menos dos efectos en sus lectores: el alivio por la salvación de las pecadoras y la curiosidad por lo que se “cocía” en los prostíbulos. Reporterismo en estado puro.

Es posible, apuntan, que los detalles lujuriosos que Hrotsvit recogía en sus crónicas fueran una influencia directa de Terencio, autor clásico etiquetado como “lascivo”, que al parecer la joven admiró sin tapujos. En sus relatos, Hrostvit no sólo alababa la virtud sino que se recreaba en los mil caminos que recorren las pasiones más íntimas. Otras teorías apuntan todo lo contrario: que su manera de narrar era el antídoto contra las inmorales obras del autor romano.

Su obra ha llegado a nuestros días gracias al celo de una de sus grandes admiradoras, Gerberga, la abadesa de Gandersheim, que temió que los muros del monasterio no fueran lo suficiente seguros para los escritos de su amiga y los envió a Ratisbona. Allí, guardados como un valioso tesoro, permanecieron ocultos hasta que 500 años después fueron descubiertos por el humanista alemán Conrad Celtes, que los publicó en una edición en la que Alberto Durero inmortalizó a Hrotsvit en un grabado.



 
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