domingo 28 de junio de 2009

La ley de la atracción

Hay días en los que los planes se desbaratan uno tras otro. Habíamos decidido hacer parada en Jaca, para conocer las pinturas románicas que alberga el Museo Diocesano de la ciudad, antes de continuar el viaje hacia los iconos medievales que alumbran las iglesias del Valle de Boí. Nada más llegar al hotel, la recepcionista colocó en su cara un gesto de sorpresa cuando le pregunté por la dirección del museo. “Creo que está cerrado”, musitó. Debí abrir tanto los ojos por la ingrata noticia que no se atrevió a añadir ni una palabra más.

Mochila, plano de la zona antigua y un poquito de mal humor acompañado de un rastro de esperanza, caminamos hasta la plaza de la catedral, en la que un puñado de turistas tomaban café bajo las porticadas, mientras una pandilla de jóvenes celebraban una fiesta con tímidos brindis. Creo que tengo el don –desafortunado, a mi juicio- de visitar las ciudades en el día de sus patrones. Era una tarde de un 24 de junio, víspera de Santa Orosia, y los jacetanos celebran con empeño sus festividades. Comercios cerrados, la Oficina de Turismo, también cerrada. Todo cerrado.

¿Y el Museo Diocesano?. “Cerrado, hija –me explica una mujer que abandonaba la catedral, tras una misa de difunto- pero muy cerrado desde hace… por lo menos… cuatro o cinco años”. Entono el mea culpa por la ingenuidad de creer a pies juntillas lo que indican algunas web dedicadas a la difusión del Románico Aragonés, en las que no encontré ni una sola referencia al proceso de restauración del museo. De vuelta a casa, busco en la red literalmente “Museo Diocesano de Jaca” y encuentro que la página jaca.com sí índica, sin posibilidad de error, que el museo está cerrado, al igual que lo hace el blog Aragón Románico. No lo advierte, por el contrario, el Sistema de Museos de Aragón , ni tampoco la Guía del Ocio. Al menos yo no lo he encontrado.

Reacia a reconocer lo evidente, espero a la puerta de la catedral la llegada de algún párroco que me pueda dar más explicaciones. Al rato, aparece un sacerdote camino del oficio de las cinco. Le abordo, le cuento, le pregunto y casi le imploro. Amable y paciente, me explica que, tras muchos años de promesas, por fin el museo está siendo restaurado, que las pinturas están perfectamente protegidas y que confía en que en 2010, año Jacobeo, puedan mostrar la colección al público en una instalación remodelada. Debí poner cara de insistencia absoluta porque me subrayó:“las pinturas no se pueden ver”. Y me regaló una sonrisa y una advertencia: “antes de volver el próximo año, telefonéenos para comprobar que el museo esté abierto”.

Como la Oficina de Turismo estaba cerrada (he de reconocer que este dato nos enfadó casi tanto como lo del Museo) caminamos a lo loco alrededor de la catedral -una de las primeras construcciones románicas del Camino de Santiago, que se edificó en dos etapas constructivas que van desde el año 1076 al año 1130- y de la Ciudadela, y nos fuimos a recorrer en coche La Jacetania. Al menos, el paisaje no estaba cerrado.

Llegamos a Canfranc, donde la imponente estación modernista –también en remodelación y obviamente clausurada- convive con una pequeña parada de Cercanías. Nadie coge el tren. Y sin embargo imagino que la vieja estación fue el escenario de múltiples despedidas de los años treinta, de grandes maletas de cuero, de sombreros de ala ancha y también de pequeños hatillos al hombro de los que saltaron el cordón pirenaico para probar fortuna al otro lado de la frontera. Parece que aún oigo sus pasos rápidos por el andén.



Un poco más allá, está Francia, La Aquitania. En Urdos paramos para recorrer el pueblo que cuelga de la ladera, ávidos de encontrar más motivos que nos hicieran recordar el viaje. Sólo encontramos silencio y media docena de camiones haciendo el tránsito Francia-España. A la vuelta a Jaca, visitamos todas aquellas poblaciones con pequeñas iglesias medievales –Borau, Canias, Abay- pero las ermitas que encontramos conservaban a lo sumo el ábside románico. El resto, sin desdeñar ningún estilo, eran añadidos renacentistas o incluso posteriores.



Para rematar este disparatado viaje, España perdió contra Estados Unidos, así que celebramos Santa Orosia con un cuento caribeño –el de la bella Tulia y el negro Antonio- representado por un grupo colombiano en una de las plazas de Jaca. Menos Románico, casi vimos de todo.


Algunos creen que existe la ley de la atracción y yo empiezo a pensar que están en lo cierto, porque desde la imposibilidad de ver el Museo Diocesano, nada salió como lo previsto en Jaca. Pero como quiero quebrar esta veta de nefasta atracción, me quedo con el recuerdo de la amabilidad de los jacetanos.

2 comentarios:

Brezo dijo...

Lamentable (e indignante) que un Museo que contiene patrimonio artístico que debe de estar al servicio de quienes quieran disfrutarlo esté cerrado. Una pena que vuestro viaje en busca del románico del Pirineo oscense haya sido una suma de decepciones. En el verano de 2005, casi por las mismas fechas, hice un viaje por aquellas tierras, desde Jaca hasta la abandonada estación de Canfranc. Yo no buscaba iconos, sino naturaleza para que mi hijo la gozara de manera intensa: buscaba paisajes, vegetación, ríos ocultos, valles recónditos, pueblos perdidos... Y los encontré. Fueron unos días inolvidables que compartimos con algunos amigos aragoneses, poetas los más, y con profesores de la Universidad de Zaragoza. Mi hijo crece y será difícil reeditar el viaje en su compañía. Pero sí tengo el compromiso íntimo de volver a esos lugares: esta vez para rastrear en sus arquitecturas más remotas, en su arte medieval, en sus lugares construidos por la mano del hombre hace muchos siglos. Tienes vocación de directora/productora de documentales. Sigue adelante. Tal vez algún día puedas plantearte hacer uno, de larga duración, sobre el libro viajero, publicado hace un par de años, de un amigo. Supongo. Abrazox.

Iconos dijo...

Querido Brezo: encantada de verte pasear de nuevo por estas páginas. Creo que en tu nueva búsqueda de lugares recónditos de la arquitectura románica pirenaica podré ayudarte. Al menos, nos salvó el paisaje... Un abrazo.

 
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