Leyendas del unicornio

No hay mejor cebo, ni señuelo con más garantía para cazar un unicornio, que el pecho de una virgen. Dicen las viejas crónicas medievales que, por ser tan fiero y salvaje, la captura de un unicornio era una tarea tan compleja que ni el más avispado de los cazadores podía emprenderla sin la ayuda de una doncella.

La virgen permanece inmóvil, quizá sentada sobre una piedra del bosque, mientras los cazadores esperan con aletargada respiración la llegada de la bestia imaginaria, que acude a ese rincón verde atraído por el olor de una virtud intacta. Se lanza entonces el unicornio con fiereza sobre el cuerpo de la muchacha, pero basta que ésta saque sus pechos para que tanta brutalidad se transforme súbitamente en tranquilidad y quede dormido sobre el regazo de la virgen. Es entonces cuando los valientes cazadores salen de su escondrijo y lo apresan.



La búsqueda del unicornio fue una empresa que contó con muchos adeptos. Su cuerno no sólo tenía valor simbólico en la Edad Media. Tenía también un valor real, pecuniario, por las supuestas propiedades terapéuticas difundidas en la leyenda de que, con un poco de molienda de su asta mágica, se podía neutralizar cualquier tipo de veneno.

En estas prácticas alquimistas andaba nuestra admirada Hildegarde de Bingen, que afirmó que cuando un hombre teme ser envenenado no tiene más que colocar un grano de cuerno de unicornio bajo el vaso o el cuenco de su comida. Si los alimentos tienen veneno, comenzarán a hervir inmediatamente.

Este método supuestamente preventivo y que ahora puede parecer un poco inútil, era una excelente manera de paliar el temor a ser envenenados que padecían príncipes y nobles medievales. Por ello éstos no dudaban en pagar fortunas por unos gramos de polvo de este cuerno o incluso, si la economía lo permitía, por uno completo, con el que mandaban fabricar todo tipo de utensilios relacionados con su alimentación.

Pero ¿de dónde procedían estos cuernos?. Las pretendidas astas de este animal fantástico que se conservan en el Museo de Cluny, en el Tesoro Imperial de Viena o en la iglesia de San Marcos de Venecia son en realidad defensas de narval, un cetáceo conocido como el unicornio del mar. Así que en realidad cuernos de unicornio… no se han encontrado.


El unicornio entra en el arte cristiano a consecuencia de una apretada interpretación que hicieron Los Setenta sabios que se repartieron en Alejandría la traducción de la Biblia. Tradujeron de los Salmos la palabra hebrea reem, que significa buey salvaje, por monokerôs, y después la Vulgata lo transcribió como unicornis.

El Cristianismo, amante de historias ajenas, asumió la teoría del unicornio que procedía de antiguas culturas como la egipcia. La adoptó y la adaptó, pues el original animal salvaje pero cariñoso en época de celo, lo convirtió en el símbolo de la castidad.

Cuenta alguna leyenda cristiana que los animales del bosque se congregaban en torno a una fuente emponzoñada por un malvado dragón pero de la que no bebían hasta que el unicornio entraba en sus aguas y con su cuerno dibujaba sobre la líquida superficie la señal de la cruz: el agua queda purificada y simboliza el sacrificio del hijo de Dios.

El escepticismo del Renacimiento resultó fatal para la leyenda del unicornio. En el siglo XVI se comenzó a dudar de su existencia y se imaginó que era un animal demasiado feroz para ser guiado por Noé hasta el arca y, por tanto, habría sido víctima del Diluvio. De hecho, un grabado de Tobías Stimmer representa a los animales entrando en el arca a excepción del unicornio, que prefiere perecer antes que ser encerrado. En esa misma época, el Concilio de Trento prohibió el uso del unicornio como símbolo de la encarnación.

A partir de entonces el unicornio va despareciendo del bestiario cristiano y sólo prevalece como símbolo heráldico fundamentalmente entre los reyes de Inglaterra, aunque el misterio y la leyenda que envuelven al unicornio han conseguido llegar a nuestros días.