Pequeños inventos


Hay grandes inventos o logros que se supone nos han de mejorar la vida: la llegada del hombre a la luna , el acelerador de partículas de Suiza que recrea el Big-Bang (puedes leer el artículo sobre este asunto que publicó La Vanguardia o ver el video que explica su funcionamiento), o la energía atómica (aunque este video explica mejor para lo que no se debe usar).

Y existen otros inventos, más pequeños, que ya nos la han cambiado: el pan, la canalización del agua hasta las viviendas, la bombilla, el reloj de pulsera, la píldora anticonceptiva o las gafas. Aquí quiero llegar.

Imagínese que es un miniaturista medieval. Día tras día pasa horas sentado, casi inmóvil, en un taburete. La espalda encorvada. El brazo aletargado por la tensión de mantener el pulso firme. Los ojos agotados del esfuerzo. Una labor apasionante, sin duda, que permite acceder a códices lejanos de los que se tomaban imágenes, textos o iniciales; una dedicación que permite, aunque fuera de forma casi anónima, transgredir el olvido del tiempo y saltar a las miradas de siglos venideros. Pero como sucede en muchos oficios, cuando la experiencia se convierte en un grado, las fuerzas físicas pueden comenzar a flaquear. Junto al pulso, los ojos de un creador de diminutos iconos medievales debieron ser elementos cruciales en su currículo. La retina, el globo ocular, el iris, la pupila, el nervio óptico y sus conexiones con el cerebro, de tanto ser usados en pequeños detalles, se desgastaban a una velocidad de vértigo. Si el ojo tuviera ayuda….

Existen diferentes teorías sobre quién fue el inventor de las gafas. Un texto publicado por al Colegio de Optometristas de Gran Bretaña -en el que a su vez recoge una referencia al estudio del profesor Otto Ahlström acerca de los complementos usados por los vikingos- indica que este legendario pueblo nórdico ya utilizaba una especie de lentes de cristal de roca, aunque su uso era meramente decorativo (puede parecer absurdo pero actualmente existen en el mercado multitud de gafas sin graduación para transformar nuestro aspecto facial), aunque descarta a los vikingos como los inventores de las verdaderas gafas.

Prefieren los oculistas británicos enmarcar más al sur de Escandinavia, en concreto en torno a las ciudades italianas de Florencia o Pisa, el lugar geográfico donde pudieron idearse las lentes aplicadas a la amplificación de la vista. Una de las primeras figuras asociadas a la creación de los anteojos fue el fraile Roger Bacon, aunque los propios optometristas reconocen la falta de pruebas definitivas para nombrar al franciscano con el meritorio título de inventor de las gafas: los textos que hablan del trabajo optométrico de Bacon, al parecer, indican que realizó ciertos avances en este ámbito pero no logró trasladar de manera definitiva la teoría a la práctica.

Bacon quizá no llegó a lograr el invento pero abrió el camino. La ciencia había comenzado a dar pasos. Es tres siglos más tarde, alrededor de 1673, cuando el estudiante florentino Carlo Roberto Dati en un ensayo titulado “La invención de las gafas” hace referencia a un documento encontrado en el convento dominico de Santa María de Pisa donde se afirma cómo un fraile muerto en 1313, Alessandro Della Spina, fue el inventor de los ocularia, los roidi da ogli en italiano. Este documento, redescubierto por historiadores actuales, parece confirmar a Della Spina como definitivo inventor de las primeras lentes de uso personal.

Tan importante debió ser el invento que el gremio de vidrieros monopolizó durante décadas la fabricación de las gafas. Un invento simple pero tan beneficioso no podía dejarse en manos ajenas y quizá, además de las gafas, estaban desarrollando el monopolio y el copyright. Por cierto, creo que mis ojos van necesitando ayuda...