Vendo ruinas, magnífico monasterio


Se asoma sin avisar este gigante devorado por el tiempo y el olvido. Se asoma, entre chopos y metales, disfrazando su deterioro con dignidad, aferrándose a un pasado esplendoroso y padeciendo un presente triste y un futuro incierto. Es el Monasterio de Pelayos de la Presa (Madrid), el monasterio de Santa María de Valdeiglesias.

Sólo si el caminante hace una pausa reposada advierte el cartel que resume la importancia de los muros que van cayendo como si fueran de moreno azúcar en vez de recia piedra. El rótulo promete una de las arquitecturas más importantes de la Comunidad de Madrid y, sin embargo, su puerta está cerrada.

En varios paseos por la red averiguo que Santa María creció siguiendo la tipología de los monasterios del Císter, a la que fue sumando durante siglos los estilos arquitectónicos que se desarrollaron en la península. Quedaron huellas –que mis ojos no pueden comprobar por el momento- del arte mudéjar en los muros del crucero y la nave de la iglesia; cisterciense en estado puro en la nave de la iglesia monacal; gótico isabelino en el claustro, la sala capitular, el refectorio y la sacristía y estilos renacentista y barroco, respectivamente, en la ampliación y en la fachada.

Dicen algunas crónicas que los orígenes del Monasterio de Pelayos de la Presa se remontan a la época visigoda, cuando aquellas tierras que rodean el río Alberche tomaron el nombre de las doce iglesias que se repartían por el valle (Valdeiglesias). Años más tarde, en 1150, el rey de Castilla y León Alfonso VII otorgó un Privilegio Real a los monjes que regentaban la docena de pequeños monasterios y los unificó en el actual.

Unas décadas más tarde, Santa María de Valdeiglesias se incorporó a la Orden del Císter, disciplina bajo la que permaneció hasta que en 1835 Mendizábal y su famosa ley de Desamortización, provocó que los monjes abandonaran el monasterio para que éste pasara a manos privadas. Después… después llegó la ruina.

El presidente de la Fundación que ahora gestiona el monasterio, Mariano García Benito, se encontró en 1974 con un extraño anuncio en un periódico: “vendo ruinas, magnífico monasterio”. Afirma García Benito que al encontrarse con esta arquitectura sintió una fuerte impresión, “algo así como la sacudida de un rayo”, confiesa en la página de la fundación. Adquirió entonces un imponente edificio en un estado deplorable: cornisas arrancadas, sillares robados, la portada renacentista y el claustro plateresco desmontados y trasladados a lugares lejanos.

El empeño de Mariano García Benito estuvo desde el principio encaminado a proteger y conservar el monumento con todo su esfuerzo y sus medios: logró que en 1983 fuera declarado Monumento Histórico-Artístico de carácter nacional y consiguió en 1988 la restauración de la torre renacentista. En el año 2003, García Benito tomó la decisión de donar su preciada posesión al pueblo de Pelayos, con la esperanza de que su labor fuera continuada. ¿Y ahora qué?

Sé que no es momento adecuado de pedir ayuda para el rescate de piedras. Sé que casi nunca es momento adecuado para reclamar medios económicos que salven un monumento artístico. Pero cuando hace unos días conocí este monasterio, sentí la misma sacudida de rayo que García Benito percibió décadas atrás, una extraña fascinación por aquellos muros, una inevitable atracción por su pasado y una rebeldía profunda ante la posibilidad de que el monumento se desmorone para siempre.

Volveré en breve al Monasterio de Pelayos de la Presa y esa vez, gracias a la ayuda de Ismael y de Mar, creo que podré atravesar la puerta de acceso y recorrer palmo a palmo sus estancias, acompañada probablemente por Mariano. Pero esa será otra historia.